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10 de agosto de 2026 Columna de Opinión

Gonzalo Rojas: Carmona y la Historia

Columna de opinión | El Mercurio

Gonzalo Rojas, director del Área de Formación del Partido Republicano:

«Cuando Lautaro Carmona da declaraciones, es el Partido Comunista el que habla. No hay distinción entre su actual presidente y la entidad. Esa diferencia la puede usted percibir en cualquier otra colectividad, pero en un partido que postula el centralismo democrático, no. Lo que dice el presidente, lo afirma el partido por completo. Él es el portavoz de la verdad revelada.

Y lo que ha dicho Carmona es increíble, es por completo herético respecto de la ortodoxia comunista. La Comisión de Control y Cuadros lo debiera citar para que dé razón de sus dichos y, como tantas veces ha sucedido antes, lo debiera expulsar del PC. Obviamente, esta vez, a diferencia de los casos de Reinoso a comienzos de los 50, de buena parte de la dirigencia de las Juventudes Comunistas después del 2 de abril de 1957, y de los espartacos a mediados de los 60, eso no sucederá.

¿Por qué debiera ser Carmona seriamente contradicho al interior del PC?

Porque el presidente del partido ha sostenido la singularidad del proceso histórico de Cuba; ha tratado de defender que en la isla existe “un sistema democrático del punto de vista de la historia de Cuba”. Pero ¿es la específica historia de la isla, para el marxismo ortodoxo, un dato de relevancia? En absoluto.

Las tesis de Marx eliminan toda singularidad. La historia de la humanidad es una sola, y se despliega por las contradicciones de la materia, expresadas en el conflicto entre dos clases antagónicas e irreconciliables, la burguesía y el proletariado. Cuando se dan las condiciones de contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, la revolución debe estallar. Lo demás, la consideración de la singularidad de cada proceso, es simple desviación burguesa. No existe eso que Carmona ha llamado “construcción del camino propio de cada pueblo”, aunque no nos resulta ajeno a los chilenos recordar el empeño allendista de una revolución con empanadas y vino tinto, tan herético al dogma marxista, como Carmona lo es al afirmar la singularidad de la dictadura cubana.

Si fuera cierto lo que sostiene Carmona, que en su partido existe “una coherencia absoluta de hermanamiento con los procesos de liberación, de emancipación y de construcción de camino propio de cada pueblo”, el marxismo se habría terminado como sistema de pretendida explicación “científica de la realidad”, para reducirse al simple empeño de grupos de activistas revolucionarios, desplegados según sus propias percepciones de cada momento y de cada lugar. En ese sentido, démosle algún crédito a Carmona, porque eso es, en realidad, lo que ha sido el marxismo en acción: un conjunto de intervenciones atrabiliarias en la vida de los pueblos.

Carmona se ha movido entonces entre el rechazo al dogma marxista sobre el sentido inevitable de la historia, y la afirmación leninista de una historia hecha por la voluntad de los comunistas. Sus referencias a los líderes de esa actividad —Lenin, Mao, Ho, Fidel— revelan muy bien la opción por el liderazgo voluntarista, a diferencia de la inexorable ley de la historia postulada por Marx.

Y ya sabemos cómo se han expresado los líderes a los que Carmona admira. Durante Mao, 20 millones de chinos murieron en campos; Ho Chi Minh purgó en 1956 su propio partido, antes de la guerra con Vietnam del Sur, ejecutando a 50 mil disidentes; Lenin construyó las bases del sistema del terror que Stalin perfeccionó llevando a casi 29 millones de personas al Gulag; y el Castro adorado que Carmona venerará en la isla solo puede ser recordado porque no logró anular la riqueza más importante de los isleños, ¡la calidez humana de su gente!, nos dice Carmona. O sea, nada de lo que el comunismo pueda vanagloriarse».

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